Las primeras heladas se acercan a
la Ciudad de Buenos Aires. Hace mucho frío. Adentro hace más frío que afuera,
increíble pero cierto. En el Borda hace más frío que afuera.
A no más de 500 metros del Hospital Psicoasistencial Interdisciplinario José
Tiburcio Borda, se encuentra la estación Constitución, por donde pasan miles y
miles de personas en el día. Sin embargo, a medida que uno se va acercando al Borda parece entrar en otro barrio, otra
ciudad, otro territorio. El silencio se apropia hasta de las avenidas más
cercanas al hospital. El miedo y la intriga también. Al ver a las personas que
van hacia aquella dirección, es inevitable no preguntarse: ¿A qué van? ¿Cuál es
su historia?
En la calle Doctor Carrillo 375 la infraestructura llama la atención por sí
sola y más cuando a lo lejos se vislumbra la leyenda “Hospital Psicoasistencial
Interdisciplinario José Tiburcio Borda”. Parece imposible entrar. Metros y
metros de rejas altas y oxidadas. A mitad de cuadra la entrada principal está
custodiada por personal de seguridad: unos revisan los autos y alzan la barrera
para el ingreso, otros se encargan de observar a las personas que entran. A la
izquierda, un par de escalones.
Antes de entrar al hospital y pasado el jardín delantero, un grupo de jóvenes
toma nota sin parar; junto a ellos, un profesor que no para de dar
indicaciones. Una vez adentro, en el hall del hospital, pasan varias personas:
unos con delantales blancos, otros apenas abrigados que fuman sin parar, también
hay seguridad. El salón está lleno de puertas y tres grandes pasillos llevan al
fondo y a los costados del Borda.
Junto al pasillo central, el que lleva a la gente hacia el corazón del
hospital, está la recepción. En ella, un hombre con mucha complicidad nos
recomienda no decir que somos estudiantes de periodismo: “Para visitar el
hospital se necesita una autorización, tienen que llamar acá para hablar con
prensa”. Sin embargo, nosotras Íbamos en busca del Frente de Artistas del
Borda (FAB). Al preguntarle, mira hacia la derecha indicando por qué pasillo teníamos que ir y
cuál era la puerta que debíamos tocar.
La puerta estaba cerrada pero había un cartel más o menos grande que indicaba
los horarios y lugar de los talleres. El próximo empezaba las 10:30 am,
eran las 9:50 am. Sin salir de aquel pasillo, encontramos el aula donde se
dictaban las clases. Dos mujeres entraban y salían hasta que le preguntamos, a
una de ellas, si podíamos presenciar la clase de teatro; nos miró, tardó y
respondió: “Sí, no hay problema. Esperen hasta las 10.30 que arrancamos”.
De repente y a todo volumen empieza a sonar una sinfonía. No sé cual, pero
aquel piano manejó los sentimientos de las personas por un largo rato. Provenía
de unos parlantes que estaban en el hall y a lo largo de los pasillos. La
melodía llevaba de la máxima exaltación a la misma tranquilidad en segundos y
reiteradas veces.
Mientras esperamos que sea la hora, observamos que había una gran cantidad de
puertas continuas en aquel pasillo, ventanas muy altas y enrejadas, bancos de
madera como los que hay en las iglesias y afiches de cine. La música
seguía. Un señor en traje y alpargatas había pasado dos veces, a la tercera, se
para y nos dice con un tono seductor:
- Buen día chicas, ¿Cómo están?
- Bien, bien ¿Usted?
- ¿Tienen cigarrillos?
- No, no fumamos.
- ¿Y plata?
- Tampoco, disculpe.
Sigue su camino arrastrando las pantuflas y se para tres bancos más adelante
para hacerle las mismas preguntas a un hombre que está junto a una mujer mayor.
Alrededor de las 10:15 hs. llega una chica, muy joven, llorando, angustiada,
perseguida y desesperada. Empieza a golpear con mucha fuerza una de las tantas
puertas que teníamos en frente. Sale una mujer, la consuela. Hace que se siente
en uno de los bancos y le pide que le explique qué es lo que está pasando,
entre llantos desconsolados y palabras abrumadas por la angustia le pide su
medicamento, sin ese medicamento no puede vivir:
- Doctora necesito mi
medicamento, sin mi medicamento no puedo. ¡Necesito mi medicamento, la farmacia
va a cerrar a las 12 y necesito mi medicamento! Me pelee con mi papa, mi mamá
no fue a trabajar, se va a quedar sin trabajo. Nadie me entiende. Por favor,
necesito mi medicamento. No tengo más y la farmacia va a cerrar a las doce
¡Necesito mi medicamento!
La doctora la agarra
de las manos para poder calmar ese llanto sin consuelo y acota:
- Quedate tranquila, no pasa nada. La farmacia
no va a cerrar, ahora te hago la receta y lo vas a buscar.
- Es que nadie me entiende. La
farmacia cierra a las doce doctora, necesito mi medicamento.
- Vas a llegar a la farmacia.
Veni, pasemos que te voy a dar algo. Deja de llorar.
Nadie se presentó al taller. Antes de las 10:30 AM golpeamos la puerta, salió
la misma mujer que minutos antes nos había dicho que esperemos y le
preguntamos:
- ¿Ya empezó el taller?
Nos mira, señala un cartel
(¡Vacaciones! Volvemos el 20/08) y nos dice:
- El taller está de vacaciones,
hasta dentro de tres semanas no hay clases.
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