sábado, 29 de septiembre de 2012

Un día en el Borda: parte dos


Los medios remarcan, cada tanto, los problemas de salubridad a los que se tiene que enfrentar el hospital. Sin embargo, son inimaginables las condiciones en las que viven los internos, no es necesaria una investigación muy profunda para encontrarse con la realidad a la que están condenados. 
                Cuando retomamos el pasillo central, el que está a la izquierda de la recepción, el que va al corazón del hospital, observamos que el número de puertas y personas  aumentaba, también el lujo desaparecía. Aquella música que manipulaba los sentimientos seguía sonando.
                Al llegar al final del pasillo, el escenario ya no es el mismo. El espacio se reduce,  hay un olor nauseabundo instalado: las escaleras están llenas de pis y vidrios rotos. Las puertas ya no son de madera sino de un material impenetrable, todas tienen ventanas, pero también tienen rejas y vidrios gruesos. Los pasillos están deshabitados y, cada tanto, hay un guardia que indica el camino. Entre tantos pasadizos y puertas, algunas llevan hacia los pulmones del hospital que tienen acceso directo al patio central. 
                Ahí se pueden ver las diferentes instituciones que funcionan: la unidad 20 del Servicio Penitenciario Federal, el Centro Cultural, talleres, una escuela, el Frente de Artistas del Borda. La mayoría de las paredes están pintadas con mensajes significativos: "La locura ante todo", "Pabellón 22", "La locura se amasa", “Esperanza”, "No a la nueva ley".
                Sobre la calle Dr. Arturo Ameghino hay algunos internos caminando. Mientras buscábamos el FAB, uno de ellos se nos acerca:
- ¿Necesitan ayudan? ¿Buscan algo?
 - Estamos buscando dónde se dictan los talleres ¿Sabes dónde es?
- Sí, es allá. Síganme, ¿quieren que las lleve? Síganme. Pero si no quieren, no eh. Yo voy ahí. Esta el Doctor ahí. Es al final del camino, yo voy ahí ¿Las llevo? No las quise asustar, perdón.
- No, no nos asustaste. Llevanos
                Entre todas las charlas que tuvimos ese día, los profesionales y los pacientes nos hicieron entender que lo último que se puede encontrar en el hospital es cordura:
- No las quise asustar, perdón. Yo las llevo. Me llamo Adrián ¿Y ustedes? ¿Cómo están?
- No, no nos asustaste ¿A dónde vamos? Bien, ¿vos?
- Al Centro Cultural.
- ¿Ahí se dan todos los talleres?
- Todos no, pero hay fotografía, teatro, de todo.
- ¿Y vos haces alguno?
- No, yo hago otras cosas. Cursé toda la carrera de ingeniero agrónomo y ahora estoy terminando las que me faltan porque tengo 19 aprobadas en agronomía. ¿Ven estos árboles y plantas que hay por acá? Yo les dije que los planten. Encima estudio en la Universidad de La Plata y tengo mucho tiempo de viaje. Ayer fui a la biblioteca. ¿Fueron a La Plata? Es una ciudad re linda.
- Si, conocemos.
- ¿Estuvieron en la biblioteca?
- No, no estuvimos.
- Quedó re linda la biblioteca, ¿no la vieron? Este libro lo saque de ahí.
                Teníamos una mezcla de sentimientos: estábamos en un lugar desconocido, siguiendo a una persona que no conocíamos, a un interno más. Íbamos pasando los pabellones, en su mayoría cerrados, nos encontrábamos en medio de un terreno que parecía no tener fin.
Adrián hablaba con un tono más alto del normal, todo el tiempo hablaba del doctor encargado del Centro Cultural: “El doctor es bueno, él las va a ayudar”. Al llegar al final del camino, una casa diferente a las demás: rodeada de flores y bancos como si fuera una plaza, llena de carteles,  dibujos y muchos colores. Como cada puerta del hospital, tenia rejas, pero a diferencia de las demás no trasmitía esa sensación de encierro y tristeza. A su lado, un cartel: “Gracias por latir al mismo ritmo”.
La humedad y los años se notaban en aquella puerta pintada de verde que daba hacia un mundo diferente del hospital. Apenas entramos, el frío se apoderó de nosotras. Atrás de todos esos dibujos pegados en la pared se notaban los años del pabellón.     
- Hola, Jorgito ¿Hay alguien? Pasen chicas, pasen. Acá está el teatro y bajando la  escalera está el cine, arriba el baño… y acá… ¡Miren, esto lo pinte yo!
- ¿No hay relación con el Frente de Artistas?
- No, son cosas distintas. Este es superior al otro.
- ¿Por qué? ¿El Centro tiene más años?
- Viene más gente. A veces organizan bailes, qué sé yo. Miren las pinturas que hay acá, pasen, pasen.
Adrián termina su recorrido en el salón donde estaba el doctor, le cuenta que queremos hablar con él, nos saluda a cada una con gran afectuosidad y se va.
Ese salón es el único que tiene calefacción en todo el pabellón, parece más un taller de carpintería que otra cosa. Hay varios armarios, dos mesas largas con muchas sillas alrededor y al final de la primera mesa está el psiquiatra Daniel Camarero, coordinador del Centro Cultural.
            Camarero nos hace un recorrido histórico del Centro Cultural: “Fue uno de los primeros que se fundó junto con el hospital, en sus comienzos se daba la cátedra de autopsias”. El doctor nos señala como una especie de balcones, mucho más angostos, que están en lo más alto de la habitación. “Justo aquí los estudiantes tenían la cátedra y los profesores se ponían ahí, en el medio”, señalando el centro de la sala. “Como está al fondo del hospital pasó a ser una lavandería, luego un depósito hasta quedar totalmente abandonado”.

“Ahora alberga a artistas, voluntarios, pacientes. Todos los días hay talleres, son espontáneos, aunque en invierno se resiente mucho la actividad”.

                “El Centro es una confluencia de varias disciplinas: pintura, plástica, teatro, poesía,  soldadura, carpintería y hacen todo tipo de artesanías; todo tipo de expresión artística. No están solos, por lo general vienen algunos voluntarios. Los pacientes vienen en forma voluntaria, nadie los obliga a nada, ellos se van acercando por el boca a boca. Les tratamos de dar un espacio libre, algo distinto y no estructurado, como todo en el hospital. Todas las personas tienen una expresión artística, con agarrar un papel y hacer un dibujo. Es lo que se llama el arte bruto, el arte marginal”.
                Mientras nosotras escuchábamos e intentábamos entender cómo se podía recluir “mucha gente” en cada taller si eran voluntarios y espontáneos, apareció Jorgito. Agarró un martillo y empezó a clavar algo en una puerta, el ruido que hacía era ensordecedor. Camarero seguía con su explicación pero a los gritos. A los cinco minutos, Jorgito, resignado, dejó el martillo y se fue.
                Cuando nuestra charla retomaba la tranquilidad, entró un hombre mayor pero pequeño, tenía un saco azul y de él sacaba, compulsivamente, sus cigarrillos.  Se sentó en la punta de la mesa, entre el doctor y nosotras: “Muy bien, doctor, lo felicito”. Intentaba sacar desesperadamente otro cigarrillo, movía muy rápido las manos, fumaba sin parar y sin parpadear.
                Camarero lo miró por unos segundos y continuó: “Como decía, no hay horarios. Los pacientes ya tienen su tratamiento con horarios estrictos, esto es un complemento para pasar el tiempo…” y, antes de  que terminara, el hombre del saco azul interrumpió al doctor:
– ¿Ustedes toman jugo de frutilla? El jugo de frutilla se compra en la verdulería y lo toman, ¿no?
- ¿Ven? El centro ayuda a pacientes como a él. Entran con total comodidad y libertad, no importa los síntomas que tengan. Es complicado porque a los pacientes se los restringe, así que no se sienten cómodos en cualquier lado.
- Yo tengo 150 años, ¿ustedes? ¿Sabían que yo soy médico recibido? (Nosotras, desconcertadas miramos al doctor, quien movió la cabeza afirmando lo dicho). Me recibí a los 27 años y tengo dos títulos secundarios, ¡Dos!” Se levantó y se fue.
                El doctor ya había respondido a todas nuestras preguntas y nos invitó a recorrer el Centro Cultural. Antes de que nos dejara solas le preguntamos si hacían cosas junto con el Frente de Artistas del Borda: “El Frente es otra cosa. No tengo idea qué hacen y sólo me interesa hablar del Centro Cultural”.

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