sábado, 27 de octubre de 2012

Un día en el Borda: última parte.


              Cuando salimos del Centro Cultural, nos dirigimos a la recepción para ver los horarios de los talleres que ofrece el Frente de Artistas del Borda (FAB). La mayoría de ellos se dan a la tarde, excepto los sábados. Los lunes hay talleres de desmanicomialización (14hs) y teatro participativo (15.30hs); los martes hay circo (13hs) y teatro (15.30hs); los miércoles hay taller de plástica(13hs) y música (15.30hs); los jueves hay fotografía (13hs) y expresión corporal y danza (15hs); los viernes solamente está el taller de letras (14hs); los sábados hay tres talleres: mimo(10hs), murga (12hs) y periodismo y comunicación (13.30hs).

                Mientras esperábamos que se hagan las dos de la tarde para presenciar el taller de letras, nos sentamos en una especie de cantero gigante que hay en el patio central. Ya no había mucho movimiento, era la hora del almuerzo. Unos minutos antes del horario acordado, aparecieron unos cuatro internos que se iban acercando al FAB. Como todos, nos pedían plata, cigarrillos o fuego. En ese momento, apareció un hombre y gritando nos empezó a hacer preguntas:

- ¿Chicas a dónde van? ¡Si son del Moyano no pueden estar acá, porque las mujeres no pueden estar acá!
- Estamos esperando que empiece el taller de letras.
- Ahora viene Martín, espérenlo acá a Martín. ¿Quieren que lo llame? Ahora le digo que venga.
- No, no te preocupes, esperamos acá.
Hizo como si no le hubiéramos dicho nada y se fue al grito de: "Martín, unas chicas te están esperando”.

                Éramos alrededor de siete personas en la puerta del FAB. Llegó un hombre un tanto desprolijo, sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta del pabellón. Antes de entrar le contamos que éramos estudiantes de periodismo y que queríamos presenciar el taller. No tuvo ninguna objeción y nos invitó a pasar: “A los talleres puede venir cualquiera, son abiertos a todo el público”.

                El FAB es diferente a cualquiera de los centros. Tiene un par de tablones que se usan como mesas, muchas sillas y una cocina muy precaria. En una de las esquinas, las sillas forman un círculo y en las paredes cuelgan varias pancartas de tinte político. Como en la mayoría de los pabellones, el frío se siente más que afuera.

                Los pacientes al entrar se dirigían directamente a una mesa ovalada que se encontraba en una de las esquinas. Martín preparó el mate y dio una pequeña introducción: “Antes de empezar la clase de hoy me gustaría que nos presentemos. Nos acompaña gente nueva, por eso quiero que digan porqué están acá y que nos cuenten algo acerca de ustedes”.

                Uno a uno se fueron presentando: empezó Martín y contó que él era profesor de antropología y estudiante de sociología. A continuación, se presentó Tomás, era el acompañante terapéutico de Pablo y ese día le tocaba presenciar la clase junto a él. Pablo, uno de los internos, aparentaba tener más de 50 años, era el más locuaz de todos, sonreía todo el tiempo y hacía chistes: “Yo tengo la misma edad que Tomás, ¿o no?”. Al lado de Pablito, como le decía Martín, estaban sentadas dos chicas, estudiantes de psicología, que querían tener contacto con los pacientes del Borda. Al lado de ellas estaba Jorgito, que, lo único que hacía era fumar. Seguido a él, dos chicas que se encontraban en el Hospital por trastornos alimenticios; a su lado un hombre que no se quiso presentar y por último, nosotras.

                En tanto esperábamos que empiece la clase, todos en la mesa, nos encontramos hablando de las diferencias entre el Borda y el Moyano:

- Nosotras estuvimos ahí, no le dan mucha bola a los pacientes, acotó una de las chicas que tenia trastornos alimenticios.

- Sí, a mi llegaron comentarios de que a los pacientes los atan, que los enfermeros roban, respondió una de las estudiantes de psicología.

-Al Moyano van las mujeres, comentó Pablito.

Martín se sentó y explicó que continuaría con el tema de la clase pasada:

- Estábamos hablando de la tercera persona y las voces narrativas, que no son lo mismo que las verbales. Cuando yo leo algo, alguien me cuenta algo. La tercera persona es un todos. Un todos, un nosotros, un por qué eso. No se explica cómo se entiende todo, es algo omnisciente. No importa cómo lo sabemos, pero conocemos todo.

- El omnisciente. Sí, eso. Es un yo, dice Pablito. Yo también sé todo. Yo sé que él se llama Tomás, que ellas estudian periodismo y ellas psicología ¿Ven? ¡Sé todo! Un yo, un yo.

                Martín se levantó a buscar el agua para el termo y, mientras, afirmaba con la cabeza las cosas que decía Pablo:

- No como el periodismo que inventan cosas y se hacen los que saben todo. Igual no tengo nada contra ustedes chicas, ¡eh! Reconozcamos que a veces no se informan.

                Nadie dijo nada. Martín, ante el silencio, sacó de un cajón unas revistitas y las empezó a repartir. Corpiños en tus ojos, así se llama la revista que escriben los internos que participan del laboratorio poético del Frente de Artistas del Borda. Aquella era la edición N°5 del año VI de la era Orwell.  Este número tenía fotos de los internados mostrando partes desnudas de su cuerpo: “Estuvimos en la exposición de fotografía. Se puede seguir visitando, la muestra es en Constitución”. Pablo, a su manera, repetía lo mismo que decía Martín: “Acá no más es. Fuimos con un muchacho llamado Tomás. ¡Se llama como vos Tomás!”.

                Pablo vuelve su mirada a las pacientes ambulatorias y les dice:

-Tomás es mi acompañante terapéutico nuevo, lo enviaron del juzgado. El me acompaña a todos lados. Es buen pibe. Es jovencito como yo”. ¿Vieron la revista esa que hizo Martín conmigo?

                Una de las estudiantes de psicología comenzó a leer en voz alta uno de los textos de aquella revista tan particular:
“En mi cama, esperando por el Doctor y la aguja, una toz me está llamando, un quejido nace mientras veo una nube de humo. Todos en las camas durmiendo, unos al lado de otros parecen inofensivos capullos de algodón. La Hermana Violencia y el frenesí se convierten en el mejor sueño incansable, con su largo rubio y sus ojos azules, azules ojos no me dejan dormir de noche y los capullos se quejan y roncan sin saber que el piso es un desmadre. El sol entra por la ventana amenazante prometiendo la más maravillosa aventura. El renacer de las rejas químicas. Pensando en los buenos tiempos; en las noches de fantasía, espero el alarido rebelde de todos los que están dormidos pero la rueda de la miseria nos captura, empieza la danza macabra de todos los días con su filosa espada llamada: Incomprensión.”
                Pablo la interrumpió:

- Mirá las fotos, ese es mi físico natural. Ese, ese, es mi físico natural. Tomás, para que vean mi físico. Ahí en la contratapa está mi físico, Tomás. Hay poesía también. Fijate ahí donde dice Pablo. Ese soy yo. Martín mostrale a Tomás para que vea cómo escribo.

- Pero leelo vos, Pablo. Tomás lo incita.

                Pablo se paró y comenzó:

“El tiempo con las uñas. Tengo una toalla en medio de la selva, quizás sea el tiempo azul. En lomas de de Certero llega un deudor llamado Lagarto Orquesta y quiere hundir un barco. Quizás multiplicar y quiere hundir un barco el oleoducto resucitado con leche en un cojinete feliz. Quizás todo termine en un laberinto”.
              
            Todos aplaudimos a Pablo. Él sonrió:

 - Tomás, lo hicimos los que venimos al taller de letras con Martín. Martín, ¿me convidas un mate?

            Martín se apartó de la mesa y contó que a las 15.30 empezaba la asamblea que realizan todos los viernes:
“Es una asamblea para mejorar los talleres, organizar los horarios, la distribución de tareas, realizar cosas en conjunto. Todos pueden participar, si quieren pueden venir. Apto para todo público”.

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